CUANDO EL MÉTODO SE CIERRA: REFLEXIONES CRÍTICAS DESDE LA EDUCACIÓN MONTESSORI

19.10.2026

Un estudio sobre la gestión curricular en una escuela Montessori chilena revela cómo la fidelidad ortodoxa al método suele anteponerse a la deliberación pedagógica y al diálogo con el currículum nacional. Esta postura restringe la autonomía del docente, reduciéndolo a un custodio de la técnica en lugar de un agente crítico responsable de la educación pública. Frente a esto, se propone "democratizar" el enfoque Montessori, promoviendo una práctica reflexiva e integrada que recupere el espíritu científico original de María Montessori y responda a las exigencias del sistema educativo actual.


Fabián Alejandro Fernández López

fabian.fernadez@uc.cl 


En el marco de una investigación de posgrado orientada a analizar la gestión curricular desde la agencia docente en una escuela Montessori con reconocimiento oficial en Chile, emergió una inquietud que no provino de la observación directa de aulas, sino del discurso de las propias Guías —denominación que recibe el rol docente en el enfoque Montessori— entrevistadas. A lo largo de sus relatos, varias de ellas aludieron de manera reiterada —ya fuera a partir de experiencias personales o de relatos sobre colegas con quienes habían trabajado— a prácticas descritas como "muy Montessori", "estrictamente fieles" o derechamente "ortodoxas", especialmente en lo relativo a la implementación del método Montessori y a su vínculo con el currículum nacional.

Estas referencias no aparecían como denuncias ni como juicios críticos explícitos. Más bien, se presentaban como relatos normalizados, casi anecdóticos, que dejaban entrever una forma particular de comprender el rol profesional de la Guía: una comprensión en la que la fidelidad técnica al método parecía, en ciertos casos, situarse por sobre la deliberación curricular, el diálogo con los estándares de aprendizaje y la responsabilidad institucional que supone el reconocimiento oficial.

Aquí surge la primera incomodidad: ¿estamos ante rigor pedagógico o ante rigor identitario? Porque el rigor pedagógico, en sentido científico y profesional, supone análisis, contraste, revisión y contextualización. El rigor identitario, en cambio, se orienta a la preservación de una esencia, a la protección de una pureza metodológica frente a aquello que se percibe como externo o amenazante. Cuando el método Montessori se convierte en un referente cerrado de identidad profesional, la pedagogía corre el riesgo de desplazarse desde la reflexión hacia la aplicación dogmática.

Lo relevante es que este posicionamiento no siempre se expresa como una desvalorización explícita del currículum nacional. Con mayor frecuencia, adopta la forma de una minimización implícita: el currículum se concibe como una exigencia administrativa, como un marco que "se cumple solo" si el desarrollo del niño es respetado, o como un dispositivo propio de una escolaridad tradicional de la que la educación Montessori, entendida como proyecto pedagógico integral, vendría a distanciarse.

Desde esta lógica, la gestión curricular pierde centralidad. Los estándares de aprendizaje dejan de ser un texto profesional a interpretar y se transforman en una carga externa, ajena al quehacer pedagógico cotidiano. La Guía, entonces, no se reconoce plenamente como agente curricular, sino como custodia de un método previamente validado, cuya correcta aplicación garantizaría, por sí misma, los aprendizajes esperados. En escuelas con reconocimiento oficial, esta operación no es neutra: tensiona una dimensión de justicia curricular, entendida como la responsabilidad pública de asegurar aprendizajes relevantes y comunes para todas y todos los estudiantes.

Aquí aparece una paradoja difícil de eludir: una pedagogía que promueve la autonomía del niño —principio fundante de la educación Montessori— puede derivar, en ciertas prácticas, en una restricción significativa de la autonomía intelectual del adulto. La agencia docente —entendida como la capacidad de interpretar, decidir, contextualizar y justificar decisiones curriculares— queda subordinada a la fidelidad metodológica. Replicar el método aparece como una vía más segura, y simbólicamente más protegida, que deliberar pedagógicamente en un contexto normado, diverso y exigente. Esta subordinación tiene implicancias de justicia profesional, en tanto limita el reconocimiento del profesorado como sujeto deliberante y responsable de decisiones pedagógicas con efectos públicos.

Este fenómeno no puede comprenderse sin atender a la historia del propio movimiento Montessori. El liderazgo fuerte y centralizado de María Montessori, orientado a proteger su propuesta frente a interpretaciones que consideraba erróneas o reductoras, dejó una herencia ambivalente. Por una parte, permitió preservar la coherencia de un enfoque pedagógico profundamente innovador. Por otra, instaló una cultura de ortodoxia que, en determinados contextos, sigue operando como criterio de legitimidad profesional, especialmente en lo relativo a la correcta aplicación del método.

El problema no es la fidelidad al método. El problema es cuando esa fidelidad sustituye la deliberación pedagógica propia de una educación Montessori concebida como práctica viva y situada. Cuando el método deja de ser un marco para pensar y se transforma en un texto cerrado que exime de la responsabilidad de dialogar con el currículum nacional, con los estándares de aprendizaje y con las condiciones reales del sistema educativo en el que la escuela se inscribe. En sistemas regulados, esa exención no es solo pedagógica: es también una cuestión de justicia institucional, asociada al derecho a una educación pertinente y públicamente responsable.

No es casual, entonces, que en distintos contextos contemporáneos hayan comenzado a emerger lecturas que hablan de "democratizar" la educación Montessori. No para vaciarla de sentido ni para diluir sus principios, sino para restituirla a la deliberación pedagógica, a la agencia docente y a la responsabilidad pública de educar en sistemas diversos. Democratizar, en este sentido, no significa relativizar el método, sino impedir que se cierre sobre sí mismo, abriéndolo a la interpretación profesional, al diálogo curricular y a la contextualización situada. Implica, además, interrogar quién decide, desde dónde y con qué criterios, cuestiones inseparables de una comprensión amplia de la justicia educativa.

Esta noción interpela directamente a la ortodoxia. Propone desplazar el eje desde la pureza metodológica hacia la reflexión profesional; desde la réplica fiel hacia la apropiación crítica; desde la custodia del legado hacia la educación como práctica ética y política. En escuelas con reconocimiento oficial, este giro no es accesorio: es una condición para sostener la coherencia entre proyecto educativo, marco normativo y derecho a la educación.

María Montessori fue científica en su tiempo: observó, experimentó, ajustó y corrigió. Convertir su propuesta educativa en un sistema incuestionable contradice ese impulso original. Una educación Montessori que renuncia a revisarse corre el riesgo de transformarse en tradición; y una tradición que no se interroga puede perder su potencia transformadora.

Tal vez, entonces, la pregunta no sea si Montessori es compatible con el currículum nacional. Tal vez la pregunta de fondo sea qué tipo de educación Montessori estamos promoviendo hoy en escuelas con reconocimiento oficial: una centrada en la reproducción fiel de un método, o una que, desde sus principios, asuma la complejidad de la agencia docente, la gestión curricular y la responsabilidad pública de educar con criterios de justicia.

Plantear esta tensión no debilita a Montessori. Por el contrario, la devuelve al terreno que ella misma inauguró: el de una pedagogía viva, exigente y radicalmente reflexiva.

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